
Dije: "haré de director" y todos pensaron "¡vaya novedad!". La verdad es que, como se pueden imaginar, a nosotros no hay quien nos dirija. No por nada, pero estamos acostumbrados a hacer lo que nos da la gana que, en lugar de dirigirnos, nos
sugerimos. Esto (el espectáculo) es una suma de buen rollo, de complicidad y de ganas de romper rutinas para ir por ahí, vernos más, comer bien, reír y, sobretodo, contactar con ese público
invisible que tiene la televisión. Sabes que te quieren y te siguen, pero no los ves. Y nosotros, como todos, también necesitamos esa caricia de la risa y ese masaje del aplauso que, de repente, lo coloca todo en su sitio. Y entonces piensas: "vale. Me gusta ser cómico. Es el trabajo más bonito del mundo". Y en eso andamos. Corbacho es la energía y la incorrección, Berto la inteligencia, Évole el gamberro y yo... yo solo soy el director.